La bibliografía sobre la historia de la Campaña de Ñancahuazú

Posted on octubre 9, 2012

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por: Luís Oporto Ordóñez *

El 9 de octubre se conmemora el 45° aniversario del asesinato del Comandante Ernesto Che Guevara, en la escuela de la Higuera. La historia oficial señala que la orden partió de Palacio de Gobierno, tomada por el Gral. René Barrientos Ortuño. El Gral. Luis Reque Terán afirmó que “fueron Torres y Ovando quienes decidieron la muerte del Che en una especia de consejo de guerra presidido por Barrientos y con la presencia de un representate de la Agencia Central de Inteligencia norteamericana”. La histroriografía oficial militar afirma que el suboficial Mario Terán se ofreció voluntariamente para perpetrar el crímen, mencionando que se hallaba ebrio, eufórico, con el fin de relativizar la responsabilidad de la oficialidad superior y sobre todo para esconder la mano negra de la CIA y los EE.UU. Más, la Historia ha develado que detrás de la pared se encontraba agazapado, oculto, un capitán (algunas fuentes afirmasn que era Gary Prado Salmón, pero este sostiene en su obra que salió por la senda de la Higuera, donde le informaron que “los prisioneros [Willy y el Che] habían sido ejecutados”), más allá el agente de la CIA Félix Rodríguez Mendigutia y más alejado, el Coronel Joaquín Zenteno Anaya, responsables de ejecutar la orden del asesinato.

El Che en Bolivia

Ernesto Che Guevara, llegó a Ñancahuazú el 26 de noviembre de 1966, bajo la identidad falsa de Adolfo Mena, un “enviado especial del Departamento Económico de la OEA”. La inusitada presencia del Comandante en el sudeste boliviano conmocionó al gobierno del Gral. René Barrientos Ortuño y provocó inocultable estremecimiento de pavor en los centros de poder político de los Estados Unidos, lo que obligó destacar con urgencia una fuerza militar de élite y un grupo de agentes de la Central de Inteligencia Americana. El ejército boliviano de 1967, improvisado y obsoleto, cambió radicalmente con el adiestramiento de tropas especiales a cargo de instructores del Special Force enm el campo de “La Esperanza” y el envío de pertrechos de guerra, armas cortas y helicópteros desde Estados Unidos, a los que sumaron los cuatro ferrocarriles (el último de 28 vagones, el 4 de julio) con ayuda militar que envió con urgencia el dictador de la Argentina, Juan Carlos Onganía. Es evidente que el Che no sólo enfrentó al Ejército boliviano, sino a un enemigo externo más amplio. Pero, tan importante como los aprovisionamientos militares, fue la Doctrina de Seguridad Nacional que se inculcó a oficiales militares subalternos desde 1959 a 1982, aunque se sostenga que “sólo fue un apéndice o complemento en la actividad académica y práctica profesional de las FF.AA.”. Estamos espectando el origen de lo que luego vendría a ser la red de dictaduras militares para reprimir cruentametne los movimientos progresistas del Cono Sur latinoamericano, pasaje que la historia política denominó como “Plan Cóndor”.

La Guerrila empezó su campaña militar el 23 de marzo con la impactante Emboscada de Ñancahuazú y culminó con la Acción de El Mataral, el 14 de noviembre, con sañuda persecusión a los sobrevivientes de la columnsa guerrillera. Aunque en rigor de la verdad histórica, la campaña tedrá su corolario con la histórica evasión de los tres guerrilleros cubanos, Pombo (Harry Villegas), Urbano (Leonardo Tamayo) y Benigno (Dariel Alarcón, el traidor), célebre Operación Rescate que dirigió El Negro José, con el apoyo de Estanislao Vilca, para quienes la misión de romper el férreo cerco del ejército que los buscaba por tierra y aire, fue “Pan comido”. El ejército boliviano desplazó 2831 efectivos para aniquilar la columna guerrillera conformada por 52 combatientes (incluyendo en esta cifra a Bustos, Debray y la “resaca”, como calificó el Che a los desertores, que pasaron de bando como delatores, guías e informantes). En esas circunstancias, por cada guerrillero existían 54 soldados y oficiales del ejército.

Este ensayo se ocupa de manera breve, de caracterizar la profusa bibliografía que se generó, tanto sobre la figura legendaria del comandante Ernesto Che Guevara como aquella referida a la campaña guerrillera de Ñancahuazú. La misma surgió desde cuatro vertientes: la Guerrilla, el Ejército, los periodistas y los investigadores. De ese amplio espectro hemos tomado una muestra representantiva de lo que se ha publicado hasta hoy, sin ánimo de agotar la relación, tarea que corresponde a otro estudio.

La vertiente guerrillera

Una rápida caracterización de la vertiente guerrillera nos muestra un cariz esencialmente testimonial. A ella corresponde el célebre Diario del comandante Che Guevara, el sexto que escribió durante su existencia (primero, sus viajes por Argentina; segundo y tercero, sus viajes por América Latina y México donde se embarcó en el Granma; cuarto, la campaña en Cuba; quinto, en Congo). El Diario de Bolivia (publicado en 1968) es la fuente más importante, en la que el Che evalúa periódicamente al ejército, la guerrila y sus hombres. Los relatos de los guerrilleros Israel Reyes Braulio, Eliseo Reyes Rolando, Harry Villegas Tamayo Pombo y Octavio de la Concepción de la Pedraja Morogoro, fueron refundidos en el Diario de Bolivia (1970). El diario atribuido a Guido Peredo Inti, es en realidad una primera historia de la Guerrilla: Mi campaña junto al Che (1970). Se suman los esritos complementarios de Alberto Fernández Montes de Oca: El diario de Pacho (1987); Daniel Alarcón Ramírez Benigno (“Años más tarde se convirió en traidor por dinero” afirma Gálvez): Memorias de un soldado cubano. Vida y muerte de la Revolución (1997), una nueva versión de Harry Villegas: Pombo, un hombre de la guerrilla del Che. Diario y testimonios inéditos, 1966-1968 (1996); el curioso diario del miembro de la “resaca”, Eusebio Tapia Aruni: Piedras y espinas en las arenas de Ñancaguazú. Testimonio de un guerrillero boliviano (1997); José Manuel Mayo: En la guerrilla junto al Che (Testimonio de Urbano) (2007). Caso aparte es el testimonio de Ciro Roberto Bustos Pelao: El Che quiere verte. La historia jamás contada del Che en Bolivia (2007), por las connotaciones de su actuación, en la que recaló en el detestable papel de delator. Es también, caso especial, la obra de Régis Debray, apresado con el anterior: La guerrilla del Che (1975).Ambos Sin ser guerrilleros, propiamente dicho, tuvieron contacto con la guerrilla y por ello fueron juzgados y condenados a la pena máxima de 30 años, indultados en 1970 por el gobierno del Gral. Juan José Torres.

La vertiente militar

Los informes de los militares del Ejército, tienen el mismo carácter testimonial, pues por norma éstos se hallan obligados a llevar diarios de campaña. No obstante de este sector surgió menor cantidad de obras publicadas, entre ellas la del Gral. Gary Prado Salmón, testigo inmediato de los hechos pues su compañía apresó al Che Guevara, y por ello mismo era responsable material de su custodia: La guerrilla inmolada: la campaña del Che en Bolivia. Testimonio y análisis de un protagonista (1987); el Gral. Mario Vargas Salinas “el León del Masicuri”, relata en El Che, mito y realidad (1987) su importante papel en la persecusión y aniquilamiento de la columna de Joaquín, gracias a que logró cooptar a Honorato Rojas, quien entregó a los guerrilleros. El libro del Gral. Arnaldo Saucedo Parada, No disparen, soy el Che (1988), publicó fuentes propias del servicio de Inteligencia, entre ellas las declaraciones in extenso del delator Bustos y el diario de campaña de Braulio, el Relato de José Castillo Chávez (Paco). Revela que el Servicio de Inteligencia de la VIII División carecía de “archivos y cajas fuertes. Por suerte hemos obtenido éxito, pero a gran costo como fue caer en manos de la CIA”. La obra del Gral. Luis Reque Terán, viene a ser el informe oficial de la campaña: La campaña de Ñancahuazú. La guerrilla del Che vista por el comandante de la IV División del Ejército Boliviano (1987). A estos se suma el raro caso de Ernesto Galindo Grandchat: Crónica de un soldado. Cuando nos enfrentamos al Che (2001), cuyo valor radica en ello precisamente. Incluimos el testimonio de Félix Rodríguez en Shadow warrior; the CIA hero of a hundred unknown battles (1989), escrito con John Weisman (ambos agentes de la CIA), en el que hace gala de su papel, autoproclamado como esencial y determinante en varios pasajes de la campaña. A él se deben las copias microfílmicas del Diario del comandante Che Guevara que a la postre fueron engtregadas a Fidel Castro por Antonio Arguedas, ex agente de la CIA y Ministro del Interior del Gral. René Barrientos. La última obra, Campaña militar contra la guerrilla del Che Guevara, próxima a publicarse, escrita por el coronel Diego Martínez Estevez, nos introduce a la compleja organización interna de la guerrilla y a la del ejército de 1966-1967, en base a fuentes primaras que tuvo el privilegio de consultar, merced a laboriosa investigación encarada pacientemente durante largos años, aspectos en el que precisamente radica el valor de esta obra. Todos ellos son testimonios de actores directos de las diferentes acciones de la Campaña, lo que explica en ellos el cariz de ‘informes oficiales’, unos escritos con más cuidado que otros y acceso relativo a fuentes de acuerdo al grado y responsabilidad militar. Ambas vertientes proporcionan información útil, crucial, para la contrastación de las fuentes, siendo por ello esenciales en el momento de establecer la reconstrucción de los hechos de la campaña guerrillera del sudeste boliviano de 1966-1967.

La visión de la prensa

La tercera vertiente, conformada por periodistas, es más escueta, pero no por ello menos importante. La más significativa es la obra de José Luis Alcazar, de alto valor porque refunde en La guerrilla del Ché en Bolivia (1969), sus reportajes periodísticos recogidos de fuente directa. María Garcés, recopila de segunda mano, Materiales sobre la guerra de Ñancahuasu. La campaña del Che en Bolivia (1967) a través de la prensa (1978); Gerardo Medrano Irusta incluye a la guerrilla como parte de La lucha armada en Bolivia (1978) con su proyección en la Guerrilla de Teoponte; Carlos Soria Galvarro, recopiló 5 tomos sobre El Che en Bolivia. Documentos y testimonios (1993-1996). El valioso estudio de William Gálvez, en El guerrillero heroico. Che en Bolivia (2004), contrasta magistralmente las diversas fuentes, con un método diacrónico, a la manera de un reportaje de Historia Inmediata. Con esa misma maestría se inscribe la obra de dos periodistas, el paraguayo Luis J. González y el boliviano Gustavo Sánchez: El gran rebelde. El Che Guevara en Bolivia (2007).

El aporte de los investigadores

Los investigadores bebieron y se nutrieron de las anteriores, investigaron y analizaron cuidadosamente los datos, para redactar sus estudios y numerosas semblanzas biográficas, muchas de estas –de manera inevitable—se delizaron a la apología y la exaltación del héroe.

En el plano biográfico uno de los primeros fue publicado por Emilio Suri Quezada: El mejor hombre de la guerrila (1980), pero destaca la escrita por Ernesto Guevara Lynch, de inegable valor por provenir del núcleo íntimo familiar: Mi hijo el “Che” (1988), complementada por Hilda Gadea: Che Guevara, años decisivos (1972). Le sigue William Gálvez que explora facetas poco divulgadas: Che deportista (1995); El sueño africano del Che. ¿Qué sucedió en la guerrilla congolesa? (1997); Viajes y aventuras del joven Ernesto (1997). Alberto Granado Jiménez transita Con el Che Guevara, de Córdoba a la Habana (1995); Paco Ignacio Taibo II (donó su biblioteca-archivo sobre el Che a la Universidad Autónoma de México en 2011), autor de Ernesto Guevara, también conocido como el Che (1996); Pierre Kalfon: Che. Ernesto Guevara, una leyenda de nuestro siglo (1997); Jorge G. Castañeda: Compañero: vida y muerte del Che Guevara (1997); Orlando Borrego (su Viceministro de Industria) retrata a Che: el camino del fuego (2001); Fernando Díaz Villanueva: Ernesto “Che” Guevara (2004); Elisa Ávalos; Mercedes Guidiño: Huellas del “Che” en Córdoba (2006); Julia Constenla: Che Guevara. La vida en juego (2006); Carlos “Calica” Ferrer: De Ernesto al Che. El segundo y último viaje de Guevara por Latinoamérica (2006) y cierra, Hernán Brienza con una visión de síntesis: Che Guevara desde la histórica altura (2007).

Las obras referidas a la campaña, son más escasas, siendo una muy temprana la de Rubén Vásquez Díaz: La Bolivie a l’heure du Che (1968), seguida de Ricardo Daher: La gesta boliviana (1987). Brilla con luces la de Jon Lee Anderson, uno de los estudios de más profundidad e importancia: Che Guevara. Una vida revolucionaria (1997); Ulises Estrada, Tania la guerrillera y la epopeya sudamericana del Ché (2005); la sistematización de Froilán González y Adys Cupull: De Ñacahuasú a La Higuera (2007) y una obra de revisionismo histórico de Humberto Vásquez Viaña: Dogmas y herejías de la guerrilla del Che (2011). Un libro revelador, también de carácter testimonial, es el que complementa las acciones de la campaña al referirse a su epílogo, el impactante escape de los sobrevivientes cubanos de la guerrilla, escrito por Efraín Quicañez Aguilar (Negro José): Pan comido. Memoria de la operación Rescate de los guerrilleros sobrevivientes del Che, 1968 (2011).

Otras obras —que podemos calificar complementarias— permiten comprender el entorno y el contexto en el que se desenvolvió la agitada vida del Che. Roberto Massari, como ejemplo aislado en esta copiosa bibliografía, publica: Che Guevara. Pensamiento y política de la utopía (1992), seguido de las biografías escritas por Jesús Lara: Guerrillero Inti (1971), Martha Rojas y Mirta Rodríguez: Tania, la guerrillera inolvidable (1974), Froilán González y Adys Cupull: Amor revolucionario. Celia, la madre del Che (2004). Finalmente, suele citarse a Humberto Vacaflor: Los diarios inéditos del Che (1984), y el excelente ensayo de Víctor Montoya “Pasajes y personajes de la Guerrilla de Ñancahuazú”, publicado El eco de la conciencia (1994). También circula la obra de Tomás Molina, Cómo ubiqué al Che (2007).

Epílogo

A tiempo de concluir la redacción de estas notas, me imaginé ver al Comandante Ernesto Che Guevara, conduciendo su jeep Toyota, saliendo de la Casa de Calamina en Ñancahuazú, enfundado en su boina con la estrella reluciente, luciendo barba crecida y su clásica sonrisa, a tiempo de evaluar el desempeño de los soldados bolivianos: “Son buenos combatientes. Cómo nos han perseguido. No les importa la muerte, sus jefes dirigen serenamente. Jamás pensé que el ejército boliviano fuera tan duro”.

Así es la grandeza del Che: respetuoso, generoso y objetivo, aun con el circunstancial enemigo.

*          Historiador, archivista y docente de la UMSA Director de la Biblioteca y Archivo Histórico de la Asamblea Legislativa Plurinacional

(Tomado del Semanario La Época)

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