Fidel. Dicha Grande!.#HastaSiempreComandante

Posted on noviembre 28, 2016

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Trato de entender desde niña, tu dimensión. Y no es hasta ahora que sucede, en que la madurez me lleva a reconocer ese plano, para el cual ateas como yo, no estuvimos preparadas. Sin embargo la vida nos situó junto a ti, en un momento espiritual trascendente.

Corría el tercer mes del año 1995. Para ese momento estuvimos trabajando sin descanso, junto a los trabajadores de la televisión. Llevábamos dos días en el montaje de aquella que sería la transmisión del Centenario del Desembarco de José Martí por Playitas de Cajobabo.

“11 de abril Arribamos a una playa de piedras, la Playita (al pie de Cajobabo); me quedo en el bote el último vaciándolo, dicha grande”

Quedo de última, “vaciando el bote”. Tal como lo describe Martí en su diario. Una vez salieron todos los trabajadores y regresó la Unidad Remoto rumbo a Guantánamo, subo al auto que me llevó allí, en calidad de Directora General del Telecentro Solvisión encargado de la transmisión en vivo de la ceremonia homenaje; pero como jamás me desprendí del ser periodístico, conmigo siempre iba un camarógrafo.

Ya caía la noche. Dejaba atrás aquella playa desolada, con su pétreo monumento frente al mar, para recordar la gesta del entonces Delegado del Partido Revolucionario Cubano, José Martí, cuando había desembarcado por allí, cien años antes, junto al General Gómez. Un tiempo previo, había arribado el General Antonio Maceo. Reiniciaba la guerra necesaria contra el colonialismo español.

Escasean los autos en las carreteras, en medio del llamado Período Especial, por eso me extraña tanto ver pasar como dos “linces”, sendos autos negros en sentido contrario al mío. Acto seguido le digo al chofer, vira para atrás.

Llego nuevamente a la playa. Noche cerrada, sin luna. No había lluvia fina como en aquel 1895, pero si un extraño movimiento en la oscuridad. Reconozco a la alta jerarquía militar de Guantánamo. Qué tú haces aquí; me dice el General a cargo de las tropas en ese territorio. Lo mismo que usted, le respondo. Pues aquí no puede haber prensa, me dice confirmando mi sospecha. Sáqueme, si puede, riposto; como para que desde ahora supiera que daría la pelea. Algunos sonríen, quiero pensar que en señal de aprobación a mi porfía. Llaman al Ideológico para que “se encargue de mi caso” y éste se encuentra con mi mirada, más fría que la noche. De ahí no me movería nadie. Estaba segura de que Fidel llegaría de un momento a otro, aunque nadie me lo dijera.

Silencio en la noche. Diviso a lo lejos su silueta, venía al frente. Su escolta le ofrece un palo largo y limpio, como resguardo para que estableciera equilibrio por entre los “dientes de perro” de la costa, desde entrada de la playa, hasta el sitio exacto donde está el monumento alegórico. Él se niega, le insisten -el camino es difícil- lo toma en su mano, sólo un tramo. Llega frente a mí, hace una breve pausa, sonríe y sigue, trae un propósito.

Ya frente a la playa y el monumento, le digo, Comandante, podemos hablar ahora o más adelante? Pone su mano fina y grande sobre mi cabeza, de lleno. Espérate, me responde. Ya esa era la bendición, pero la verdad es que no me explico qué haría ahora. Miro el reloj. Pasan las diez de la noche, la hora en que desembarcó Martí. Los presentes, estábamos en total oscuridad, apenas unas linternas guiaron sus pasos.

Apága eso, ordena en voz baja. Tráeme la bandera, indica. Avanza unos pasos hacia el mar. Sus lustradas botas negras, comienzan a hacer aguas. Sigue avanzando empuñando la bandera. A solas, con Martí, con el mismo mar cubriéndole los pies hasta media pierna, queda así, con la bandera en alto.

Los minutos me parecen horas. Estoy frente a una sesión espiritual que entonces no entendí cabalmente. Estaba allí, recibiría primero -sobre todo- su energía al darse la vuelta. Regresa. Comienza diciéndome, por qué. Vino a levantar este símbolo de soberanía y justicia ante Martí, quien cien años antes no pudo ver realizada la libertad de Cuba.

Aquí está Fidel, frente a mí, con esa carga en la palabra como en la acción. Y nosotros, como entonces, tratando de descifrar ese inenarrable privilegio de ser testigos de su tiempo, de su obra y de su fe. Dicha grande.

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