Elecciones en #Ecuador: un gran test para medir el poder blando estadounidense

Posted on febrero 14, 2017

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Las elecciones presidenciales en Ecuador, este 19 de febrero, serán un termómetro para medir el alcance de las maniobras mediáticas diseñadas por Washington.

Por Alejo Brignole

Las elecciones ecuatorianas son hoy ansiosamente observadas por diversas usinas estratégicas, no sólo estadounidenses, sino también europeas y chinas, debido al carácter representativo e internacional que alcanzó Ecuador en los últimos diez años, como parte de un modelo revolucionario y transformador.

La Alianza PAIS produjo una verdadera transformación histórica, además de democrática, pues Ecuador, al igual que Bolivia, dio un gran salto cualitativo en sus diseños soberanos y en la ampliación de derechos civiles, logrando disparar sus índices de desarrollo humano, educación, salud, estabilidad económica y política. Y todo ello al mismo tiempo que afianzaba jurídicamente el país con una nueva Constitución incuestionable desde el punto de vista republicano y del interés nacional. También tuvo lugar una reforma financiera radical puesta al servicio de la capitalización nacional (reforma de la que se beneficiaron los bancos ecuatorianos, que crecieron como nunca en los últimos 30 años) y un protagonismo de Ecuador en los ámbitos diplomáticos mundiales, sin precedentes en las historia de la nación andina.

Pero para realizar estos avances, Rafael Correa hizo lo que el establishment internacional no tolera: puso frenos a la economía extractiva y a la transferencia obscena de las riquezas nacionales al exterior. Es decir, limitó drásticamente los esquemas neoliberales en donde las empresas ganan mucho y el grueso de la sociedad pierde. La célebre demanda de grupos indígenas a la petrolera estadounidense Chevron, fue solo una parte visible de la nueva revolución ciudadana.

Pero lo más grave desde la perspectiva hegemónica y “sumergente” de Washington, y los think tanks europeos, fue que Ecuador se convirtió, junto a Venezuela y Bolivia –sin olvidar a la siempre presente Cuba–, en una de los cuatro pilares fundamentales del proceso bolivariano, el cual no sólo confronta con los países centrales, sino que además propone una socialismo democrático, productivo, económicamente exitoso y –sobre todo– cuestionador de un sistema capitalista que, ya se ve, hace agua en el mar de insostenibilidad y el deterioro planetario.

Por este conjunto de indicadores, Washington trabaja –y lo hizo durante toda la gestión del saliente Correa, que ya no es candidato– para que ese modelo exitoso y transformador, fracase. Y no solo que fracase, sino que además caiga en el desprestigio, y si fuera posible, en el repudio generalizado.

Estas maniobras de ensayo sociológico, que algunos encuadran dentro de una “guerra de cuarta generación”, o “guerra irrestricta”, son todos componentes del denominado “poder inteligente” (smart power) concebido por las usinas del pensamiento estratégico norteamericano, con autores-asesores como Joseph Nye y otros, a partir de la década de 1990.

El intento de golpe de Estado de 2010, realizado a Rafael Correa por mandos policiales alistados secretamente por la CIA estadounidense, fue una buena muestra de esta combinación. El “poder inteligente” es, por tanto, una simbiosis del “poder blando” (operaciones de prensa basadas en la mentira y la instalación de dudas en la población) con la aplicación del “poder duro” (golpes de Estado, sublevaciones inducidas, etc).

Para estas elecciones ecuatorianas, Washington ya dio sobrados indicios de replicar –con todos los medios subrepticios a su alcance– las eficaces maniobras mediáticas llevadas a cabo en Argentina, que otorgaron la presidencia a Mauricio Macri, el candidato de la élite trasnacional. Tras su triunfo, Argentina abandonó toda construcción de una economía estable y con índices de pobreza a la baja y de desarrollo en alza, propio de los gobiernos bolivarianos. Hoy los indicadores sociales de la gestión de Macri resultan alarmantes, resultado de una política neoliberal salvaje que arrasó los logros obtenidos en 12 años de gobierno kirchnerista.

La volatilidad del voto popular argentino, dirigido por ese “poder blando” sustentado en campañas de la prensa corporativa (en el caso argentino, fue el Grupo Clarín), le costó demasiado caro a la sociedad más austral de América Latina. Hoy los argentinos comprendieron que fueron manipulados y lo están pagando con dolor colectivo, con carestía en todos los rubros básicos, con pymes y grandes empresas que crecieron exponencialmente durante los gobiernos de izquierda debido a las buenas condiciones macroeconómicas, y hoy han echado el cerrojo de la quiebra, a solo un año del nuevo gobierno.

Un electorado que fue dirigido y motivado con procedimientos científicos de manipulación mediática –lo que Noam Chomsky en su libro “Los Guardianes del Verdad”, denomina “manufactura de consensos”. Hoy las clases medias y populares argentinas están a merced de un gobierno entregado a las trasnacionales y a las políticas del FMI, que había sido expulsado durante una década de las decisiones económicas nacionales.

Mauricio Macri no dudó en disponer medidas salvajemente impopulares y  conculcar los derechos afianzados en la gestión kirchnerista. Pero el voto ya fue dado y ya no hay marcha atrás para esa sociedad manipulada. Triunfó el “poder blando” y el control sociológico con instrumentos no violentos.

Esta dinámica es la que se intentó replicar en Ecuador y la que se lleva poniendo en práctica en Venezuela desde mucho antes de la muerte de Hugo Chávez. El objetivo: terminar de derribar el andamiaje soberano de América Latina y su exitosa experimentación con el socialismo del siglo XXI, al que adscribieron los presidentes fundamentales de ese período: Rafael Correa, Evo Morales y el propio Chávez. Dejar en el olvido esta estructuración bolivariana es lo que quita el sueño a las usinas estratégicas estadounidenses y también europeas, mientras China y en menor medida Rusia, observan con atención estos desplazamientos geopolíticos que van debilitando el poder de Washington en nuestros asuntos internos. Por eso estas elecciones ecuatorianas serán claves, pues darán la medida de la capacidad operacional estadounidense para influenciar a una sociedad que experimentó grandes avances pero, que aún así, podría votar en contra de sus propios intereses. Por eso, la lección argentina debería servir de grave advertencia a toda la nación ecuatoriana.

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Posted in: Opinión